Manuel Montás: Mi abuelo

Hombre de genio apacible, callado, reservado, dedicado siempre a pensar en algún negocio que hacer, activo, siempre activo. Sin amigos, hombre padre de muchos hijos y nietos, celoso de su familia, sobre todo de sus nietos, cuidador y apoyador como todo abuelo. Sincero. Con rituales de día a día insustituibles. Duro, muy duro cuando corregía, pero muy lógico.  

Manuel Montás, mi abuelo,

No fue, desde siempre anciano, pero yo lo recuerdo con ese caminar pausado de los viejos que cargan en su espalda mucha vida y una bolsa repleta de buenos consejos, pero bien, le recuerdo muy fuerte, como siempre fue, nunca se llego a encorvar, eres un viejo muy fuerte. 

Aun me parece verlo, con su cabello y bigote blanco, con sus pantalones jeans cortos, su franela blanca ligera y sus zapatos rotos, los preferido disque por el calor. 

Su cerveza en el colmado era lo de nunca acabar, aunque no podía tomarla, me decía que de algo uno se iba a morir, así que nunca intento dejarla. 

Papi era el primero en servirse la comida, a nadie se le ocurria abrir la tapa de ese caldero sin que él se haya servido. Se sentaba en su mecedora frente al TV y a partir de ese ritual empesaban a llegar todos para comer. 

Era él el que merodeaba la casa, pasa saber que todo iba bien. El que le daba de comer a sus perros.  El que atendía sus tierras cuando decidía sembrar alguna cosita, Maíz, tomates, guandules, etc.  El que construía casas a su alrededor para luego venderlas. 

En los últimos años cuido su “empresa” embazadora de mabí bouco, ya la tenía antes, pero luego volvio al negocio.

Como no recordar nuestras conversaciones después de 2 cervezas, eran de lo más divertidas, agradables, cariñosas, entusiasta, era un amor. Era ese papá que siempre tuve y que estoy muy agradecida de haber tenido, era ese hombre a quien le contaba mis cosas y me preguntaba por los novios y me decía que tenía que cuidarme. Era mi papi. 

Nunca hablaba de él y sus cosas, ni de su vida privada, ni viajes, ni novias, nada, era muy hermetico. Nunca me hablaba de sus sueños, de la tierra de la que un día se marchó. Nunca.  

Muchos soles y lunas lo acompañaron, a un puerto de esperanzas, de brazos abiertos. Y regresó aquel muchacho joven y apuesto de ojos risueños que sería: mi abuelo.

Gracias puedo dar, de haberlo conocido de poder vivir junto a él durante toda mi vida. 

Y así pasaron los años, se fue poniendo  enfermo, y cuando ya sus fuerzas no dieron para vivir entre cuidados y cerveza se marchó  de esta vida dejándome su recuerdo. 

Aquel viejito dulce, de ojos risueños era MI ABUELO. Así fue o así yo lo recuerdo. 

Un 04 de febrero se marcho y no me dejo verlo otra vez y no puede cumplirla la promesa que le hice de tener un bisnieto como tanto lo deseaba, hoy ya lo tengo, pero él no esta para verlo.

Todavía te amo papi…….. 

Luanne